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11:13 - 02/01/2010
Enero, principio y final de todas las cosas, unos de los últimos meses creados por el hombre por Fernando Del Corro (*)

En la antigüedad prerromana el viejo calendario se componía de diez meses denominados por su respectivo orden -por lo menos a partir de quintilis (julio)-, como se acostumbraba hasta para los hijos en esa cultura, y de ahí nombres como Segundo, Sixto, Septimio u Octavio, entre otros. En el caso de los meses aún sobreviven con su nombre original los cuatro últimos: septiembre (séptimo), octubre (octavo), noviembre (noveno) y diciembre (décimo). Por otra parte eran meses de variada cantidad de días, más ligados al calendario lunar que al solar, cosa que recién se resolvió con la reforma, ésta ya histórica, de Cayo Julio César.

 

Sin embargo, estos cuatro meses van del noveno al duodécimo en el ordenamiento de nuestro calendario y no del séptimo al décimo. Ello se explica porque el legendario rey Numa Pompilio -el segundo de la historia mítica de Roma, cuyo prolongado gobierno, que concluyó con su muerte a los más de 80 años, y que se extendió desde el 715 al 672 Antes de Nuestra Era (ANE), según el historiador griego Mestrio Plutarco de Queronea- practicó, según el mito, una reforma e introdujo enero y febrero (februarus, mes de la “purificación”, en homenaje a los difuntos), tras los cuales se escalonaron, algún tiempo después, los preexistentes manteniendo sus nombres tradicionales. En un comienzo, de acuerdo con esa tradición mítica, enero y febrero fueron los meses undécimo y duodécimo, pero luego se los pasó al primer y segundo lugar.

 

La leyenda lo muestra a Numa Pompilio como el paradigma del gobernante sabio ya que, según la misma, fue quién dotó a Roma de sus principales elementos culturales fundacionales, entre ellos el derecho religioso y el nuevo calendario, además de reformas económicas como la creación de los gremios de artesanos o la conformación de una masa de pequeños agricultores al dotar de tierras a los más pobres. El mito de Numa Pompilio pudo haber sido cierto o no, pero en  todo caso mereció serlo, parafraseando lo que se señala al principio y al final de esa gran película checa “Un día, un gato”, sobre el contenido de dicho filme. Unos 2.700 años después nuestra sociedad se basa en buena parte de sus presuntos legados.

 

Enero es el mes de la iniciación, es también el principio y el fin de las cosas.

Ianuarius, según su nombre original latino, es el mes de Jano, el dios de las dos caras que miran hacia el pasado una y hacia el futuro la otra. Es el que buceaba en la historia y prevenía el futuro. Una tercera, oculta, era la que observaba el presente. No casualmente los romanos decían “historia magistra vita est”. Jano, el que presidía los solsticios, era el introductor de los tiempos, el portero universal. Para Publio Ovidio Nasón, seguramente en una extrapolación, Jano era el portero del Olimpo, la residencia de los dioses griegos. Así la palabra “ianitor” significa portero y era el oficio de los cuidadores de templos. Término que pasó como tal al idioma inglés, convertida en janitor, para el encargado de la limpieza de edificios.

 

De ahí que el primer mes del año, para los idiomas modernos haya quedado registrado como enero (castellano), janeiro (portugués), january (inglés), gennaio (italiano) o janvier (francés), entre otros derivados. En cuanto a la iniciación formal del año el primero de enero es más tardía y se vincula con la fecha de renovación del mandato de los cónsules romanos, aunque las fiestas tradicionales más importante, como las saturnalias, en homenaje a Saturno (el Cronos griego) se conmemoraban del

17 al 24 de diciembre, en correspondencia con el solsticio de invierno, y las correspondientes a Jano, el 9 de enero.

 

Por otra parte también el nombre de Jano (aunque de origen grego, hijo de Urano y

Hécate, fue típicamente un dios mano) se vincula con el moderno de Juan. Aunque éste en principio es de origen hebreo (Yôānnān), y significa “dios es benigno”. La tradición cristiana, al haber reemplazado los solsticios de Jano de verano e invierno, respectivamente, por las fiestas de Juan Bautista y Juan Evangelista, también le ha dado una tardía connotación de “portero” a Juan, en consonancia con un criterio fónico, como lo hizo notar en sus estudios el matemático, filósofo y metafísico francés René Guénon

 

Curiosamente, y sin ninguna relación aparente, pero como rareza en materia fonética, de calendario y hasta etimológica, se encuentra la fiesta judía de januca, la de las luces, que se conmemora hacia fines de diciembre, y que significa inauguración, con motivo de la recuperación del templo de Jerusalem por Yehuda Macabi, quién concluyó exitosamente la rebelión que había iniciado su padre, el rabino Matatías ben Hasmón, tras los atropellos del gobierno greco-sirio de Antíoco IV Epifanes entre el 175 y el 164 ANE.

 

(*) Periodista, historiador graduado en la Facultad de Filosofía y Letras (FyL) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente en la Facultad de Ciencias Económicas (FCE) de la UBA en "Historia Económica Argentina" y subdirector de la carrera de "Periodismo económico" y colaborador de la cátedra de grado y de la maestría en "Deuda Externa", de la Facultad de Derecho de la UBA. Asesor de la Comisión Bicameral del Congreso Nacional para la Conmemoración del Bicentenario 1810-2010. De la redacción de MERCOSUR Noticias. 

 



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